Mi experiencia en el Soplao

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Mi experiencia en el Soplao

Ruben Morales 01 Jun 2016
Rubén Morales. Responsable de Ciclismo Decathlon Murcia

Tras unos días de descanso deportivo echo la vista atrás y se me siguen poniendo los pelos de punta con lo he vivido en los 10.000 del Soplao.

Para el que no lo conozca, trata de una prueba, en mi caso en la modalidad de BTT, de 163 km con unos 4800 metros de desnivel. Lo mejor sin duda de esta marcha es el ambiente que se respira desde los días previos, el cariño que desprenden los voluntarios y vecinos de la zona y como no puede ser de otra manera en Cantabria, la belleza de los parajes por los que discurre el recorrido.

El día “D” empezó muy temprano, el despertador no se hizo de rogar y a las 5:00 estaba sonando puntual. Cualquier otro día no hubiese entendido el porque de tal madrugón, pero el Infierno Cántabro nos esperaba, eso el cuerpo lo sabía así que manos a la obra (en mi caso la planificación antes de una carrera es vital, hacer todo en su orden para no dejarnos nada por el camino, los nervios nos pueden jugar una mala pasada y por ello lo mejor es seguir una rutina). Tras el aseo y el desayuno tocó elegir la ropa a llevar, la previsión era buena hasta las 15:00, donde amenazaba tormenta pero con temperaturas por encima de los 15 grados. No hubo dudas, de corto, con una térmica, manguitos, chaleco y un cortavientos ligero en el bolsillo del maillot.

A las 7:00 ya me encontraba en la salida, una carrera con tanta gente, más de 4.000 participantes, requiere de anticipación para evitar en la medida de lo posible los tapones en los primeros compases de la prueba. El tiempo pasaba despacio, los nervios estaban a flor de piel, las preguntas de siempre pasaban por la cabeza, ¿Me habré equivocado de ropa?, ¿Llevó la suficiente comida?…

Todo esto se fué de la cabeza cuando AC/DC empezó a sonar por megafonía, y a las 8:00, salida.

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Los primeros kilómetros de carrera me los tomé con tranquilidad, disfrutando de la marea de gente que nos animaba desde las cunetas y con la precaución suficiente para evitar enganchones  y posibles caídas con otros corredores.

Los kilómetros pasaban, las sensaciones buenas, las de euforia en una marcha de semejante nivel pero siempre con la cabeza fría, conocedor de que quedaban muchas horas por delante.

Tras superar las dos primeras grandes cimas como son las cuevas del Soplao y Monte A, llegaba el primer avituallamiento (km 60) donde hacer una pequeña parada para llenar los botellines y comer algo diferente a unas barritas. No más de 5 minutos para seguir con las buenas sensaciones pero notando ya las 3 primeras horas sobre la bici.

El siguiente reto era el Moral, un puerto de casi 10 kilómetros, donde los expertos dicen que empieza el Soplao, y así fué. Tras coronar, una rápida bajada, un pequeño tramo de carretera y de nuevo para arriba, esta vez a por Fuentes, subida de casi 20 kilómetros. Aquí mis piernas ya empezaron a quejarse, los calambres quería ser los protagonistas y la cabeza empezaba a preguntarse por qué estábamos metidos en semejante locura. Pero esto ya lo sabía de antemano, sabía que en esta carrera las crisis van y vienen, y sólo quedaba apretar los dientes, seguir alimentándonos y bebiendo bien y disfrutar, disfrutar del dolor, disfrutar del paisaje, disfrutar de los compañeros.

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Tras dejar atrás Fuentes una bajada rota donde no hay descanso ni posibilidad de relajarse, 10 minutos y de nuevo a por un nuevo puerto, Ozcava. Aquí entendí porque lo llaman Infierno Cántabro, llegando a la cima el cielo se cubrió de nubes y empezó una tormenta de agua y granizo que hizo que la bajada fuera un auténtico suplicio. No más de 30 minutos de tormenta, pero lo suficiente para ir calado hasta los huesos. Y esto no había acabado, quedaba lo peor, en el kilómetro 130 empezaba la temida subida al Negreo. Alrededor de 5 kilómetros con pendientes del 21% en algunos tramos. Mirada al frente, pensamientos positivos sabiendo que el reto estaba cada vez más cerca de ser conseguido y disfrutando de las centenares de personas que estaban apoyándonos y que hacían que las cosas fueran más fáciles.

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Y como llegaba se iba, en 9 horas 54 minutos ya estaba de nuevo en Cabezón de la Sal. Con las piernas “rotas”, el cuerpo dolorido, pero con una sensación de satisfacción y de orgullo enormes. Lo había conseguido y lo peor de todo es que nada más cruzar la línea de meta de mi boca salió: “el año que viene volvemos”.

Va a ser verdad que los ciclistas estamos hechos de otra pasta.

Por | 2017-05-05T17:45:11+00:00 junio 1, 2016|Experiencias|Sin comentarios

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Ruben Morales
Rubén Morales. Responsable de Ciclismo Decathlon Murcia

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